LAS CIUDADES DEL FUTURO

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¿Cómo serán la mayoría de las ciudades en el futuro?

Ya desde los años 20 y 30, a medida que la industrialización y la tecnología llegaba a las grandes ciudades occidentales, empezamos a imaginarnos cómo serían las ciudades del futuro. Los automóviles recorrerían las calles a gran velocidad, y aviones y zepelines surcarían las alturas esquivando los rascacielos.

Fue una época de poetas y escritores cantando al futurismo como una ideología llena de potencia que ensalzaba la velocidad, el acero y la electricidad. Pronto nacerían también algunas utopías y distopías urbanas literarias como Un mundo feliz o 1984, mientras arquitectos y urbanistas como Le Corbusier y otros tantos empezaban a construir increíbles edificios y ciudades de nueva planta por América, Europa y Asia.

Los cómics, y el cine no fueron ajenos a este proceso de urbanización (real o imaginaria). Desde Metrópolis a Megacity, de Alphaville al mundo cyberpunk de Blade Runner, de Robocop, y el anime de Akira o Ghost in the shell.

Distopías y utopías. Visiones pesimistas y optimistas, digamos. Las primeras, descarnadas, desigualitarias y opresivas. Las segundas ilusorias, ingenuas, y siempre con un doble fondo. Daba la impresión de que en las ciudades ideales de la ciencia ficción sólo se nos mostraba a los “ciudadanos”, a los elegidos, mientras que el caudal humano sobrante debía de andar por algún lado. Son los mutantes de Futurama. Los que viven en las alcantarillas, los indeseables.

Personas que sobran debido a una natalidad y a una inmigración descontrolada y a la imposibilidad del modelo productivo de absorberlos a todos. Los gobiernos autoritarios harían el resto, reprimiendo la protesta natural, y legitimando una serie de leyes injustas que todos cumplen, algunos porque les benefician, la mayoría por miedo.

Entrado ya el siglo XXI, el futuro nos alcanza, y podemos ya caminar por sus ciudades. Y sólo tenemos que echar un vistazo a las mayores urbes del planeta, que son también las que más crecen, para darnos cuenta de que las utopías más optimistas no son lo habitual. La mayoría de las grandes ciudades del mundo nada tienen que ver con la Hafencity de Hamburgo, por ejemplo, o la New Sogdo city de Corea sino con aglomeraciones de más de 20 millones de habitantes. Algunas son ciudades ricas de estética cyberpunk como Seul o Tokyo, pero la gran mayoría son masificaciones infames en donde una oligarquía que no llega a un tercio del total vive en barrios acomodados y el resto en infames suburbios de chabolas. Es la población que sobra, que no cabe ni en las alcantarillas, y está a la vista, formando cinturones de miseria que a veces están más poblados que las propias ciudades a las que rodean. Pienso en Dacca, en Nairobi, en Lagos, en Delhi y en cientos de aglomeraciones más.

El crecimiento es imparable. Hoy día, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades (algo impensable a mediados del siglo XX), a las que se añade un nuevo millón de personas cada semana, que sale de la natalidad propia de las urbes, con tasas que superan el 30 por mil y una media de casi 5 hijos por mujer, y que llega también de la inmigración que llega del campo, de los lugares de conflicto, y de los focos de miseria cruzando incluso las fronteras nacionales.

Lagos, pasa de 100.000 habitantes en los años 20 a 300.000 en 1950 y alcanza hoy la fabulosa cifra de 14 millones. Dacca, en Bangladesh tenía en 1950 una cifra similar a la capital nigeriana, y hoy supera los 16 millones.

Según Mike Davis, para el 2025 podría haber, solo en Asia, más de diez megaciudades con más de 20 millones, pudiendo Sanghai alcanzar los 27 y Bombay los 33 millones, lo cual nos hace dudar de si semejante masificación humana es ecológica y enconomicamente sostenible.

¿Qué hace a estas ciudades crecer tanto?

En el siglo XIX, muchas ciudades europeas crecieron aceleradamente, y el factor más destacable era la industrialización. Las urbes necesitaban la mano de obra que la mecanización y el cercamiento de tierras expulsaba del campo, y necesitaba a esa gente para sus fábricas. Así de simple. El crecimiento urbano iba parejo del crecimiento industrial. Manchester multiplicó por 7 su población entre 1800 y 1930, igual que Londres entre 1800 y 1900 (de 800.000 habitantes a más de 6 millones), y era un crecimiento vinculado a la industria y a las actividades económicas terciarias que brotaban de ella.

Hoy día este tipo de crecimiento es aplicable solamente a algunas ciudades del sudeste asiático, que son urbes también multimillonarias, y con el mismo nivel de desigualdad y polución que podría haber en Birmingham, Manchester o Sheffield en la primera mitad del siglo XIX. Son humeantes aglomeraciones de hormigón, asfalto y ladrillo como Tianjin, Jinan, Hangzhou, o Taipei.

Sin embargo la mayoría de las grandes ciudades del mundo, las más pobladas, experimentan un imparable crecimiento al margen de la industrialización y del desarrollo económico. Las aglomeraciones más grandes son también ciudades pobres, mientras que las urbes ricas de occidente no solo mantienen su población sino que algunas decrecen de manera natural.

La urbanización sin industrialización es un fenómeno que sorprendió a la mayoría de los geógrafos, y tiene su origen en la aplicación de políticas neoliberales a partir de los años 70 en la mayoría de los países del tercer mundo. La deuda creciente, los recortes sociales y de derechos, el desempleo, y la devaluación monetaria produjo, paradogicamente, una llegada masiva y desesperada a unas ciudades que no están preparadas para albergar a nadie en condiciones dignas. Pero la gente llegaba y aún sigue haciéndolo, huyendo de un campo mecanizado que expulsa mano de obra, de un campo que exporta su producción al extranjero, de un campo en donde las pequeñas propiedades son absorbidas por las todopoderosas multinacionales agroalimentarias, y que además hacen la competencia a los pequeños agricultores.

Si la tendencia no se invierte, podríamos incluso llegar a ver áreas urbanas hiperdegradadas en vez de ciudades. Ciudades miseria con millones de personas dentro.

Las ciudades del futuro quedan lejos por lo tanto de la visión futurista de acero y cristal. La mayoría de la población del planeta no vivirá en metrópolis llenas de brillantes rascacielos y coches voladores, sino en urbes de madera, chapa y cartón. Un mundo de ciudades miseria.

Pienso en Kibera en Nairobi, en Petare en Caracas, en Favela de Rocinha en Río, en Escapetec en México, en Dharavi en Bombay. Barrios algunos que llegan al millón de habitantes, suburbios dantescos que acabarán por engullir a las ciudades que rodean, porque crecen sin freno. Recordemos esos nombres, ahora desconocidos para la mayoría, porque sin duda, a lo largo de siglo XXI, oiremos hablar de ellos. Bienvenidos a las ciudades del futuro.

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