CHINA YA NO QUIERE NUESTRA BASURA

China-plasticbottles

¿Qué hará Europa ahora? ¿Esa Europa sostenible y limpia, llena de parques y de carriles bici que lleva 20 años escondiendo la basura debajo de la alfombra del vecino?

La bella y fría ciudad de Oslo ha sido galardonada recientemente con el premio Capital Verde Europea para el 2019, demostrando que en Europa una ciudad de 1 millón de habitantes puede ser verde, sostenible y limpia.

Es justo decir que este premio, junto con el Hoja Verde Europea – parecido pero para ciudades entre 20.000 y 100.000 habitantes – toma en cuenta también la integración social de las ciudades que premia, así como la calidad y sostenibilidad de su transporte público.

Por ello no es mi intención quitar mérito a estas urbes, que han sido capaces (junto con Estocolmo, Hamburgo, Liubliana o  la misma Vitoria) de logros en materia ecológica y de bienestar que muchas ciudades mundiales y aún de la propia Europa ni siquiera sueñan, o si no que se lo pregunten a Turín, Barcelona, Atenas, Roma o Madrid. Turísticas pero (quizá por eso) contraminadas, estresantes y muy caras.

Sea como fuere, ciudades limpias y laureadas como Galway o Copenhague venden al mundo su imagen limpia y sostenible.Lo que no nos dicen es que estas urbes, o los gobiernos de los países a los que pertenecen, exportan su basura. Hablamos de plásticos, pero también de pepel, restos textiles y otros residuos.

Solo Irlanda exporta el 95% de sus  plásticos y Reino Unido el 65%, una cifra esta última muy parecida a la de España. Y China además paga por estos residuos, ya que los recicla para convertirlos en materia prima para su industria. Así lleva siendo durante las últimas décadas, con un beneficio para ambas partes: el gigante industrial Chino por un lado, y los EE.UU, Europa y Japón por otro.

Pero este modelo se ha agotado definitivamente. El 90% de las ciudades chinas no cumple ni de lejos los estándares de calidad del aire marcados por sus autoridades. Ciudades como Shijiazhuang o Baoding erigen sus torres en mitad de una nube tóxica, y lo mismo podemos decir de sus ríos y mares.

Por otro lado, los países ricos de occidente separan mal los residuos, así de simple. Por supuesto que hay gente preocupada, que diferencia bien los plásticos de los restos orgánicos, y éstos del vidrio, pero la mayoría no lo hace. Así los plásticos que enviamos a China en petacas bien prensadas muchas veces contienen de todo menos plástico, y separarlo se convierte en un verdadero quebradero de cabeza y en una actividad cara, por lo que muchas veces estas basuras acaban incineradas o en el mar. En otras palabras, desde Europa y EE.UU les mandamos todo lo que nos sobra, y ahí se las arreglen.

Y mientras esto ocurría, occidente, en vez de concienciarse e ir reduciendo la producción de plástico (por ejemplo recuperando los viejos envases de vidrio que antes todos reciclábamos) aumentaba su tirada de este material aún más. Así desde 1995 se ha multiplicado por 11 la cantidad de residuos plásticos llegados a China. La mayoría, ya digo, mezclados y sucios, pero eso no importaba.

Las portadas de nuestros libros están plastificadas, las bolsas de nuestros supermercados, los vasos de refresco de los cumpleaños de nuestros hijos, por no hablar de nuestros ratones, móviles, fundas de móviles, teclados y así hasta la exhalación.

¡Y China ha dicho basta!

Ya en 2013 China puso en marcha la operación Valla Verde (Green Fence), que desde ese año viene restringiendo la importación de plásticos mal clasificados o de mala calidad. Y ahora, en enero del 2018 la prohibición es total.

¿Qué hará Europa ahora? ¿Esa Europa sostenible y limpia, llena de parques y de carriles bici que lleva 20 años escondiendo la basura debajo de la alfombra del vecino?

Difícil solución. En el caso de España me da a mí que, oliéndose esto desde el 2013, no tienen nada parecido a un plan B. Así que así estamos, produciendo 21 millones de toneladas de basura al año a la espera de que los señores de Europa nos de una solución. Y mientras tanto solo en el año 2017 se produjeron 57 fuegos intencionados en plantas de reciclaje, yo solo digo el dato.

De momento varios países se postulan como sucesores de China es esto de ser vertederos del mundo rico. Se habla de India, de Turquía o Nigeria. Es decir, repetir el mismo modelo sin reflexionar sobre las consecuencias.

Y así cualquiera es verde y sostenible, como Oslo, como Vitoria o como Galway, lo que pasa es que, creo yo, este modelo tiene los días contados, con los mares llenos de plásticos y un cambio climático en ciernes e impredecible.

Así que lo que toca, ya sin poses, sin esconder basura en la alfombra del vecino, es reflexionar sobre por qué producimos tantos residuos, la manera de reducir nuestras emisiones, y de reciclar el resto.

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